27 abr. 2015

LA CUESTIÓN JUDÍA (y V)

Un nuevo golpe se dio en 1480 cuando, alarmadas por las noticias que enviaba la Inquisición de Sevilla sobre conversos que judaizaban, las Cortes, reunidas en Toledo, decretaron que los judíos de cada ciudad se agruparan, en un plazo de dos años, en un barrio determinado. Se trataba de recluirlos en verdaderos ghettos, en las llamadas juderías de muchas de nuestras ciudades.
Con esta nueva medida se trataba de evitar que "de la continua conversación y vivienda mezclada de los judíos e moros con los cristianos resulten grandes daños inconvenientes". Tales daños eran, en especial, "la confusión y el daño de nuestra santa Fe", pero no hay por qué excluir la intención de evitar los ataques de la población cristiana a los judíos que vivían aislados, si bien es verdad que había otros muchos medios para conseguirlo.
La obligada concentración supuso un grave quebranto para muchas aljamas. Tuvieron que vender sus casas a bajo precio y adquirir otras a precios abusivos. Se les permitió construir sinagogas en los barrios nuevos, iguales en su número y dimensiones a las que habían poseído en la ciudad. Sin embargo, so pretexto deque las nuevas eran más grandes que las abandonadas, algunas fueron destruidas por el populacho cristiano.
El odio antijudío era una atmósfera que todos respiraban y que ocultaba, de algún modo, las perversas intenciones económicas de quienes se pudieron aprovechar del mismo. En el pueblo, los judíos eran odiados por su prosperidad económica, conseguida en ocasiones mediante la usura de la que los cristianos eran víctimas. Era un odio revanchista que se fraguaba al albur de la excusa de tratarse de un pueblo maldito, descendiente del que mató a Cristo; un pueblo que trabajaba en domingo, que comía manjares de los que frecuentemente se abstenían los cristianos y que además despreciaba los que los cristianos comían; que celebraban ceremonias distintas; que en ocasiones, exaltados por la persecución, llegaban a blasfemar contra Cristo y la Virgen, del mismo modo que los cristianos blasfemaban contra lo que era sagrado para ellos... Estamos hablando de un odio ciego, fanático, irracional, y, desde lugo, absolutamente opuesto a lso más elementales principios del cristianismo auténtico.
La burguesía y la pequeña nobleza también los odiaban, pues los judíos competían ventajosamente con ellos en la carrera hacia los cargos públicos y en los negocios. Era necesario elminar aquella molesta competencia apelando a razones religiosas cuando no era posible recurrir a los sórdidos motivos fundamentales.
La alta nobleza, humillada en ocasiones por haber tenido que recurrir a los prestamistas judíos para mantener el boato que a su condición correspondía, también tenía motivos para odiarlos. Nobles hubo también a los que se acusó de tratar familiarmente con los judíos o incluso de haberlos protegido cuando se les perseguía. No faltaron casos en que, para verse libres de tales acusaciones, mostraron una enemistad hacia los judíos que no hubieran sentido espontáneamente de no haberse visto forzados a ella.
Finalmente, los reyes, que eran hijos de una época en que la mentalidad política renacentista impelía a la creación de un nuevo tipo de Estado, el Estado absoluto, que exigía inexorablemente la homogeneidad del cuerpo social, como meta a conseguir sin reparar en los medios que a ella conducían. Esta suprema "razón de Estado" constituye para muchos autores, la causa última de las tajantes decisiones que culminaron en la expulsión de los judíos. No cabe, sin embargo, pensar en una sola causa, sino en un entramado complejísimo de razones y sinrazones, instintos, pasiones e intereses, que desembocaron fatalmente en la catástrofe final.

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