31 may. 2012

EL SISTEMA COLONIAL ESPAÑOL (I)

El sistema colonial era similar en las colonias españolas y portuguesas.  Era algo propio, en general, del antiguo régimen político y económico.  Trataremos de presentar aquellos factores explicativos del pacto colonial.
En primer lugar, diversas fórmulas políticas y religiosas, propias de las metrópolis, son trasplantadas al continente, para luego ser completadas con una legislación propia.
Las posibilidades de la economía indiana quedaban frenadas por el peso metropolitano.  El papel intermediario de España entre los productos hispanoamericanos y los mercados ultramarinos de Europa reportaban a la metrópoli altos lucros.  La lucha por la independencia se agudizará al querer los americanos asegurarse el contacto directo entre sus productos y las nuevas metrópolis económicas.  Por este sistema económico, basado en fórmulas mercantilistas (obtención de una balanza comercial favorable), la metrópoli se reserva el monopolio comercial: intercambio de materias primas baratas por productos manufacturados metropolitanos.  Este sistema había sido roto desde el siglo XVII por el contrabando, derivado de la incapacidad española en suministrar a sus colonias todos los productos manufacturados necesarios.
La estructura social colonial estaba caracterizada también por varios problemas:
Existe el predominio de los españoles peninsulares, detentadores de los cargos públicos, que controlan toda la problemática político-administrativa de la región.  Se mostraban como la superestructura de la jerarquía ejecutiva de una corte lejana.
Bajo ellos están los criollos, hijos de españoles nacidos en América; se sentían en su tierra, puros de toda mezcla racial, poseedores de haciendas, oficiales del ejército, comerciantes, etc.; sus fórmulas de vida pretendían mantenerse dentro del código de la hidalguía castellana, y, privados de los cargos principales, habían logrado dominar los ayuntamientos y los cabildos, desde donde comenzará, desde 1808, el movimiento de las juntas.
Estamos ante una sociedad celeidoscópica con una gama de matices, pero con una separación externa cada vez más amplia entre las altas capas adineradas y las bajas, pauperizadas y arrastrando una mísera existencia.  En este estado de cosas, la gran burguesía comercial, con su extraordinaria potencialidad económica, emplea a cargadores, acarreadores, muleros, estibadores, marineros, etc; la aristocracia terrateniente, con raigambre política y vida fastuosa, explota a los míseros peones.   La alta burocracia administrativa, con virreyes, gobernadores, capitanes generales, servidos por escribanos, conserjes, criados, etc; el ríquisimo alto clero urbano y el pobre clero rural; altos mandos militares y la soldadesca, etc...
Dentro de esta sociedad, en vísperas de la insurgencia, se connota una profunda crisis de autoridad no compensada por ningún freno de la inmoralidad: curas con concubinas, esquilmadores de rentas, confesores exigiendo limosna por la absolución, seminaristas amancebados, cadáveres en los caminos para evitar gastos de entierro, bandolerismo, supersticiones, bebedizos amorosos, juegos de azar, lupanares; la alta sociedad era la primera en dar mal ejemplo al pueblo.  Exclamaban los obispos reunidos en La Plata: "Lo encancerado de este arzobispado pide sangre y fuego para su remedio".

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