5 de dic. de 2011

CARLOS II DE EVREUX

Hijo de Juana II de Navarra y de Felipe de Evreux, Carlos II el Malo ha sido considerado como pretendiente fracasado a la Corona francesa más que como monarca navarro. En una alocución al pueblo de París en 1357 llegó a alegar derechos superiores incluso a los de Eduardo III de Inglaterra.
Su línea política queda marcada, en primer lugar, por una profunda tendencia al autoritarismo, paralela a la de Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, y que se encuentra simbolizada en sangrientos acontecimientos: ejecuciones de revoltosos en 1350 y 1380.
En lo que concierne a la política francesa de Carlos II, ésta ha sido considerada, en cierta medida, como heredera de la de otros monarcas navarros, quienes también intervinieron de forma directa en los asuntos del Mediodía francés.
La casa de Evreux trató de reforzar las posiciones que sus antecesores (los monarcas de la casa de Champaña) habían conquistado como auténticos condes palatinos. Los dominios que la familia poseía en la cuenca del Sena y el litoral normando eran la mejor garantía. Felipe de Evreux había recibido los condados de Angulema, Mortaín y Longueville. Bajo Carlos II se procedió a un reajuste: renunció definitivamente a su influencia en Champaña y en Brie, a cambio de una ampliación de ésta en Normandía y Montpellier, aunque, a la postre, resultara efímera. Bajo su sucesor, Carlos III el Noble, el reajuste tenderá a hacerse definitivo: renuncia a Cherburgo y al título de conde de Evreux, a cambio del ducado de Nemours.
La intervención en los asuntos internos de la política francesa por parte de Carlos II constituye una ininterrumpida serie de peripecias. Su participación en el asesinato de Carlos de España (descendiente de los infantes de la Cerda y condestable de Francia) en 1353 parece fuera de toda duda. Ello provocará la prisión del navarro por parte del monarca francés, Juan II. Porteriormente se reconciliará con la casa real francesa y tomará parte activa en la represión de la Jacquerie. Sus pretensiones al ducado de Borgoña se verán rotundamente defraudadas. En 1364 las fuerzas reales francesas, al mando de Du Guesclin, derrotaban a los navarros en Cocherel. Es el inicio del declive de las veleidades expansionistas de Carlos II. Los posteriores acuerdos de Vernon (1370) y Cherburgo (1377) dejaban las posiciones de los Evreux en territorio francés prácticamente reducidas a esta última plaza. El heredero navarro, el futuro Carlos III, actuaba de rehén, como garantía de la buena conducta política de su padre. Sólo recuperará la plena libertad de movimientos cuando éste muera.
Las relaciones de Navarra con Castilla y Aragón bajo Carlos el Malo se hab visto condiciondas por la política inglesa, la guerra civil castellana entre Pedro I y Enrique de Trastámara, el intento de equilibrio entre los dos grandes estados ibéricos y, en definitiva, por las intromisiones francesas en la política peninsular.
En 1362, Navarra firmaba con Castilla un acuerdo en Estella para sellar una política de buena vecindad. Casi inmediatamente hubo de suscribir otro con Aragón en Uncastillo, en el que se prometía a Carlos, en un futuro desarticulamiento del Estado castellano, Burgos, Soria y Vizcaya.
En los años siguientes, la política del monarca navarro es un continuo oscilar entre los distintos sistemas de alianza. En 1364 firmaba un acuerdo con Enrique de Trastámara, pero al poco tiempo hubo de suscribir otro con Pedro I, a fin de prevenir un pacto franco-aragonés de reparto de Navarra. En 1366, el tratado de Libourne forzaba a Carlos II a permitir el tránsito por su territorio de las fuerzas del Príncipe Negro. Poco después tuvo que adoptar un nuevo giro diplomático. Los acuerdos de Santa Cruz de Campezo forzaron al navarro a prestar ayuda económica a Enrique de Trastámara.
Una vez asentada en Castilla de forma definitiva esta dinastía, Navarra fue tomada por Pedro IV como uno de tantos peones en la ppolítica de cerco a su vecina. Con escaso éxito, según advertimos en su momento, ya que la humillante paz de Briones de 1379 obligó a Carlos II a reconocer la ocupación militar por parte de fuerzas castellanas de una buena extensión de su Estado.